El pelapapas
Había una vez un pelapapas.
Así lo llamaban pero nunca nadie había podido pelar una papa con el.
Había pasado de su lugar de origen a la casa de una chica joven con mucha ilusión con poder utilizarlo. La madre de la chica lo había elegido a él para hacerle un regalo para su hija.
El también tenía mucha ilusión cuando lo eligieron, se iba a estrenar, no sabía cómo sería, ni tenia historias de referencia de sus pelapapas amigos que se habían ido a cumplir su destino y no habían vuelto.
Se comentaba entre los novatos que alguno de su especie había sido encontrado en la basura quebrado, o que otros habían sido muy exitosos, pero nadie sabía cuál iba a ser su destino hasta que llegara su momento de estrenarse, por eso todos esperaban ansiosos y felices ese momento en que alguien los eligiera.
El momento de este pelapapas del que contamos aquí su biografía, llegó. Fue elegido. Y con mucho entusiasmo pasó de manos de la madre de la chica, a la chica. Ambas estaban entusiasmadas con la idea de tenerlo en sus vidas.
Finalmente llegó el día de su estreno.
El estaba muy contento y la chica también. Y tocó finalmente enfrentarse lo que siempre había imaginado: PELAR UNA PAPA.
No funcionó.
Se dio cuenta que no servía para cortar papas. No tenía el filo suficiente y no lograba separar la cáscara del resto de la papa. Se frustraba mucho y se daba cuenta que tampoco le gustaba la sensación que se sentía ni el trabajo que tenía que hacer.
Se puso muy triste. Lo que siempre le habían dicho que era su destino resultó ser uno de esos llamados “fracasos”.
La chica igualmente lo puso en el cubertero con los otros cubiertos. Allí habían algunos que se sentían bien con lo que hacían y otros que no.
Estaba el cuchillo verde y suizo, que era muy joven y se sentía muy orgulloso de su filo, pero a veces al volver de su trabajo se sentía triste porque había cortado sin querer a algún humano.
Había otros cuchillos viejitos que venían de otras familias y habían sido fieles trabajadores para cortar cosas que requirieran filo. Ellos también estaban orgullosos de su trabajo, pero ya estaban cansados y con menos filo y energía que antes.
También había dos cuchillos de punta redonda, uno más grande y otro más pequeño, que venían de otra familia de la vuelta. Le contaron que ellos toda la vida habían pensado que su función sería cortar, y la vida les fue demostrando que eran mejores poniendo manteca, mermelada, o queso de untar. Eran mejores en eso incluso que los afilados y con punta puntiaguda, y se sentían muy contentos con su función. Como eran uno más grande y uno más chico, el pelapapas asumió que serían mapadre e hije. Le gustaba sentir que eran familia viajera.
Estaba también el colador, era grande y de aluminio, y también había pasado de una familia a otra. Le daba un poco de lástima porque sentía que la chica prescindía de él. Ya estaba viejo y roto, y no se sabía si alguna vez había estado entero, pero cada tanto, muy cada tanto, alguien lo agarraba y el se iba a trabajar un rato y volvía. El pelapapas escuchaba por el mármol de la mesada y se daba cuenta que muchas veces la chica lo precisaba pero decidía no utilizarlo e inventaba otros métodos para sacarle el agua a la pasta, nunca se lo comento para no hacerlo sentir mal, pero saberlo le daba tristeza. De cualquier forma el colador parecía contento a pesar de todo, era el que más charlaba con todos.
También había un cortador de huevo, que venía de la misma familia que el colador, y ese si que pobre, había trabajado una sola vez y después nunca más. Se creía que no tenía el filo suficiente y generaba más problemas que otra cosa. De igual forma estaba ahí y charlaba mucho con el colador ya que se conocían de hacía mucho tiempo.
De tantas charlas con otros cubiertos y utensilios de cocina, el pelapapas entendió que quizás su destino no era el que siempre le había dicho, quizás se llamaba pelapapas solo por una cuestión cultural o familiar, ya ni sabía si realmente quería afilarse para pelar papas o no. Cada tanto pensaba que quizás ese no era su destino, quizás algún día descubría otra cosa para la que era bueno, pero no lo sabia. Pasaron meses y el no perdió las esperanzas de encontrar algo en lo que se sienta feliz, pero cada tanto le venían bajones y crisis existenciales.
Así fue, que un día llovió mucho en la casa de la chica que lo había adoptado. Llovió torrencial, cayó de golpe una tormenta inesperada. La chica dormía y la casa se inundaba. Pasaba el rato y todos se ponían nerviosos, hasta que en un momento sintieron que la chica se despertó, y empezó a limpiar el piso. Respiraron.
Resulta que lo q se había inundado era el patio, porque se había tapado el desagüe, entonces el agua había entrado por la puerta del patio hacia la casa, y hacía caminito para salir por la otra puerta de la casa hacía el pasillo.
La chica tapó la puerta como pudo, y limpió toda el agua. La lluvia paró un momento y luego siguió lloviendo.
En un momento los cubiertos escuchan que la chica desarma un lampazo y empieza a intentar destapar el desagüe con eso. Sin éxito, seguía tapado.
En un momento ven que la chica abre la puerta donde están ellos, y los mira a ellos pensando que puede hacer, hasta que lo agarra a él: al pelapapas.
El no lo puede creer: “Me agarro!”, piensa, “¿será que quiere cocinarse algo e intentar darme otra oportunidad?” Saluda a sus amigos muy contento y se va en manos de la chica.
La chica, con el en la mano, agarra también a una cinta adhesiva. Conversan entre ellos y ninguno de los dos sabe que está pasando, no saben por qué los agarró a los dos. Hasta que en un momento agarra también el palo del lampazo, y empieza a poner cinta logrando juntar el pelapapas al palo del lampazo.
Nadie entendía nada.
La chica abre la ventana del patio y lo empieza a poner al pelapapaps en los agujeros del desagüe. El al principio no entiende mucho, pero después se da cuenta que ¡es perfecto para lo que está haciendo! Destapa uno, dos, tres de los agujeros. Se siente en la gloria. Nunca se había sentido así, perfecto tal cual es. Sus dos agujeros de rayas le permiten pasar el agua de un lado a otro, y a su vez su punta que encaja perfecto con la fisionomía del agujero del desagüe. Es increíble, está sorprendido consigo mismo y se siente realizado. Siente que encontró su lugar en el mundo.
La chica logra destapar todos los agujeros del desagüe con el, y juntos logran que su patio deje de inundarse y así también su casa. El esta muy feliz y la chica también.
La chica entra el dispositivo que armó y el pelapapas alza su voz, y tímidamente dice: “gracias por creer en mi incluso cuando yo ya estaba perdiendo las esperanzas. ¿Podrías dejarme en este sitio por favor? Me siento muy bien con el palo del lampazo y la cinta. Siento que encontré mi lugar en el mundo.”
La chica anonadada, no puede creer como el pelapapas le está hablando. Pero lo piensa… ese desagüe se tapa seguido, y no vendría mal dejar el dispositivo armado. Entonces se da cuenta que el resto del lampazo igual encaja también con el palo de la escoba, así que cuando quiera usarlo puede cambiarlo con la escoba, y ya está. Finalmente decide concederle el deseo al pelapapas y le dice que si.
Fueron felices para siempre.
Moraleja: “Las adversidades pueden ser ese momento de la vida en el que te logres encontrar contigo mismo.” - El pelapapas.
Y sino, también podes probar los retratos de Vivi Loza que se llaman “Un encuentro contigo mismo”. El pelapapas los recomienda. Y muchas otras personas también. Podes ver sus historias destacadas donde mucha gente cuenta su experiencia y como se encontró de algún modo consigo mismo en esos retratos.
Gracias por leer la historia del pelapapas, y por confiar en los retratos que propone Vivi.